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ıllı Hermanos menores descalzos

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Vidriera que representa a san Pedro de Alcántara.

La Orden de los Hermanos Menores Descalzos, Orden de los Hermanos Menores Descalzos de la Rigurosa Observancia (en latín Ordo Fratrum Minorum Discalceatorum o bien Ordo Fratrum Minorum Strictioris Observantiae Discalceatorum) o bien, sencillamente, franciscanos descalzos o bien conventuales rehabilitados fue una reforma observante de la orden franciscana, nacida dentro de los hermanos menores conventuales y en paralelo con el nacimiento en Italia de los hermanos menores rehabilitados, con la pretensión de acrecentar el rigor y la parquedad de la vida conventual a la orden. Se produjo en Granada (Corona de Castilla) en mil cuatrocientos noventa y cinco, por obra de Juan de Guadalupe, con lo que fueron asimismo conocidos como guadalupanos, siguiendo los pasos de la reforma de Juan de la Puebla de mil cuatrocientos ochenta y siete. Sus miembros usaban las iniciales O bien.F.M. Disco. y, más adelante, cuando fueron llamados como alcantarinos por la reforma de san Pedro de Alcántara, asimismo usaron las iniciales O bien.F.M. Alc.

En el marco de las reformas observantes de la orden franciscana, y en paralelo a la aparición de los hermanos menores rehabilitados en Italia, en la provincia de Castilla tuvo lugar una reforma afín con la pretensión de satisfacer el deseo de muchos monjes franciscanos que deseaban vivir en su rigor y parquedad la regla original de la orden, dando más relevancia a la espiritualidad y el ascetismo, aparte de cultivar asimismo el retiro y la vida eremítica. En este sentido, se había dado la reforma de los villacrecianos, dirigida por Pedro de Villacreces (mil trescientos noventa y seis).

Juan Gutiérrez de Sotomayor, fraile de la Orden de San Jerónimo con el nombre de Juan de la Puebla (mil cuatrocientos cincuenta y tres-mil cuatrocientos noventa y cinco), practicaba la parquedad y el espíritu de penitencia, mas hallaba que la orden jerónima no le satisfacía en este sentido. Dejó la orden y se hizo franciscano, profesando en la ciudad de Roma. De allá fue al Eremo dei Carceri de Agarráis como ermitaño, casa que formaba una parte de la observancia regular franciscana. Pasados 7 años en Italia, volvió a Castilla con 3 monjes italianos (Andrea da Perugia, Hilario da Todi y Francesco da Bastía), y creó el convento de Nuestra Señora de los Ángeles en Sierra Morena, siguiendo el modelo de los eremitorios italianos observantes.

No obstante, tampoco halló satisfactoria la regla de la observancia regular. Deseó unirse a los franciscanos recoletos y, en mil cuatrocientos ochenta y siete, se presentó al capítulo observante de Aquitania, donde fue admitido.

El veinticinco de marzo de mil cuatrocientos ochenta y siete, Inocencio VIII le concedió el breve pontificioSacrae religionis, con lo que la autorizaba a fundar una nueva custodia en Extremadura, la de Nuestra Señora de los Ángeles, sometida a los Hermanos menores observantes. El capítulo general observante de mil cuatrocientos noventa le dio 2 conventos ya fundados por Martín Alfonso de Villaseca. Los estatutos propios fueron aprobados por el general conventual Francesco da Brescia el veintidos de diciembre de mil cuatrocientos noventa y uno. La custodia se sostendría siempre y en toda circunstancia en la provincia observante.

Juan de Guadalupe (fallecido en mil quinientos seis), acólito y sucesor de Juan de la Puebla, deseó ir más allá en la estrictísima observancia de la reforma. Logró que el capítulo general de la Observancia ultramontana de mil cuatrocientos noventa y cinco aprobase su proyecto de reforma de la Custodia de los Ángeles. Un año después viajó a Roma y puso su reforma bajo la autoridad directa del ministro general conventual, Francesco da Brescia. El veinticinco de septiembre de mil cuatrocientos noventa y seis, Alejandro VI aprobó el cambio de jurisdicción, desligando la custodia de la Observancia y autorizando que Juan de Guadalupe se retirara con ciertos compañeros a Granada para proseguir el evangelio y la regla franciscana con su rigor.

La mayor parquedad de la forma de vivir se vio acompañada de un cambio en el hábito, que era más corto y con parches, los pies descalzos y sin sandalias, y una capucha alargada y puntiaguda, a la forma de los primeros franciscanos. De ahí que recibieron los nombres de descalzos, en Castilla, y del capuchos (de la capucha) en Portugal.

En mil cuatrocientos noventa y nueve el papa aprobó los privilegios de la reforma y la autorizó a aceptar monjes franciscanos conventuales; en mil quinientos dos, no obstante, el vicario observante, con el apoyo de los Reyes Católicos, consiguió que los descalzos no pudiesen percibir nuevos hermanos y que tuviesen que regresar ciertos conventos a los observantes: la custodia de los Ángeles fue devuelta a la custodia provincial observante de la ciudad de Santiago. Juan de Figueroa, sucesor de Juan de Guadalupe al frente de la custodia, debió cobijarse en Portugal. Desde allá logró que Julio II le concediera en mil quinientos tres el privilegio de estar bajo la jurisdicción directa "del ministro general, y de no estar sujeto a de otros".

Después del capítulo "generalísimo" de mil quinientos seis, en la ciudad de Roma, que fracasó en el intento de reunificar las órdenes franciscanas rehabilitadas, y frente a la orden dada por Roma de unirse a una de las 2 familias franciscanas, los franciscanos descalzos optaron por someterse a la orden franciscana conventual, de la que serían una custodia autónoma. Sin embargo, los observantes lograron que, en mil quinientos ocho, los descalzos fuesen obligados a ponerse bajo la jurisdicción observante o bien desamparar la Península Ibérica. Juan de Guadalupe logró nuevamente salir adelante con su reforma, y el breve Sanctae mutantis Ecclesiae de Alejandro VI le deja formar la Custodia de Extremadura en mil quinientos catorce.

La bula Ite Vos de mil quinientos diecisiete dividió claramente la orden franciscana entre Hermanos menores de la regular observancia y Hermanos menores conventuales, con ministros generales diferentes. La custodia descalza quedó incorporada, nuevamente, a la obediencia observante, convirtiéndolas en las nuevas provincias observantes de San Gabriel (Extremadura, 1520; el día de hoy Iglesia de la Concepción entre las calles San Juan y San Gabriel en Badajoz) y La Piedad (Portugal, mil quinientos dieciocho).

No obstante, los descalzos siguieron combatiendo por ser de nuevo autónomos y separarse tanto de los observantes como de los conventuales.

De forma afín, en mil quinientos diecisiete el monje descalzo Juan Pascual, ya antes que pasar a depender de los observantes se pasó a los hermanos menores conventuales y después consiguió el permiso del ministro general para percibir en su compañía todos y cada uno de los conventuales que, como , quisiesen continuar un género de vida más parco. Creó de esta manera la reforma de los franciscanos conventuales rehabilitados, con un eremitorio en Galicia, mas no tuvo el éxito aguardado.

A partir de mil quinientos cuarenta y uno, un breve pontificio le dejó percibir asimismo franciscanos observantes y miembros de otras órdenes: entonces la reforma comenzó a tener seguidores y en escaso tiempo pudo tener 4 casas, habitadas por religiosos descalzos provenientes de la provincia de San Gabriel, en la Custodia de los santos Simón y Judas, o bien de los pascualitas, que sería derogada en mil quinientos ochenta y tres. Cuando Juan Pascual murió en mil quinientos cincuenta y tres, una parte de los conventos rehabilitados formaron en mil quinientos cincuenta y nueve la custodia conventual de San José.

Monumento a San Pedro de Alcántara de José Navarro Gabaldón, en Alcántara.

En Portugal, mientras, fray Martín de Benavides (fallecido en mil quinientos cuarenta y seis), comenzó en mil quinientos treinta y nueve una austerísima Custodia de la Rábida, dirigida por el descalzo Pedro de Alcántara entre mil quinientos cuarenta y dos y mil quinientos cuarenta y cuatro. Este, ex--provincial de la custodia descalza de San Gabriel, entró en los conventuales en mil quinientos cincuenta y siete. El ministro general conventual lo nombró después comisario general de los conventuales rehabilitados.

Alcántara, después canonizado, creó el eremitorio de Pedroso, con unas reglas de una parquedad extrema: prohibió el calzado, el consumo de carne y las bibliotecas, yendo más allí, probablemente, de las pretensiones del mismo san Francisco de Agarráis. En el capítulo de El Palancar del dos de febrero de mil quinientos sesenta y uno, transformó la custodia en provincia, dependiente del general conventual.

En mil quinientos sesenta y tres, no obstante, ya fallecido Pedro de Alcántara, Pío IV, que había sido presionado por los observantes, forzó los descalzos, nombrados alcantarinos en Extremadura y Portugal a someterse a la autoridad del ministro general observante, pese a preservar los estatus y hábito propios. En mil quinientos setenta y dos reciben por vez primera, en los documentos papales, la denominación de Discalceati o bien Excalceati (descalzos) y en mil quinientos setenta y ocho son llamados Fratres Capucini de Observantia (monjes capuchinos de la observancia).

Los alcantarinos recibieron el apoyo de nuevas concesiones pontificias y se extendió de forma rápida para toda España y sus colonias. La provincia de San José se encargó de las misiones a las Filipinas. En mil quinientos setenta y ocho, Gregorio XIII prohibió al ministro general observante intervenir en los temas internos de la provincia descalza y autorizaba los observantes a hacerse descalzos. Daba de este modo en los alcantarinos una autonomía de hecho. Las otras provincias descalzas, La Rábida, la Piedad y San Gabriel, prosiguieron el ejemplo de la de San José.

Siguiendo al modelo de los agustinos recoletos y las carmelitas descalzas, lograron tener un vicario general propio, como asimismo el derecho a festejar episodios generales. El decreto pontificio, no obstante, no tuvo efecto, en tanto que la mayor parte de franciscanos descalzos se satisfizo con tener un procurador general en la ciudad de Roma y otro en la capital española. En mil seiscientos veintiuno consiguieron de Gregorio XV un vicario general prácticamente independiente, con derecho definitorio en capítulo.

Tres años después, Urbano VIII procuró en balde cancelar estas concesiones, mas en mil seiscientos cuarenta y dos uniformó todas y cada una de las provincias descalzas con unas constituciones propias diferentes a las observantes. Además de esto, los exoneraba de la autoridad del comisario general de la Observancia ultramontana, quedando de manera directa bajo la jurisdicción del ministro general observante.

La reforma descalza o bien alcantarina se extendió para toda España, Portugal, América, Filipinas y en el Reino de Nápoles (desde mil quinientos ochenta y nueve), bajo dominio de España, aparte de fundar una casa en la Toscana y otra en la ciudad de Londres. En mil setecientos tres tuvieron un procurador general propio, que fue escogido, por turnos, entre los descalzos y los franciscanos recoletos. Jamás tuvieron estatutos generales, sino más bien concretos para cada provincia: los estatutos generales que se prepararon en mil setecientos sesenta y uno fueron rechazados por las provincias.

Como el resto de ramas observantes, fue suprimida en mil ochocientos noventa y siete por León XIII, pasando sus miembros y conventos a formar, con los franciscanos observantes, los recoletos y los rehabilitados, la Orden de hermanos menores.


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